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Nicaragua ante un posible giro político en Brasil

Un eventual Gobierno de Flávio Bolsonaro podría endurecer la posición de Brasil frente a la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, en contraste con la apuesta de Lula por mantener abiertos los canales diplomáticos.

Nicaragua ante un posible giro político en Brasil

Este domingo 25 de octubre, Brasil elegirá entre la continuidad del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y un eventual giro a la derecha con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. El resultado podría introducir cambios en el tono y la posición de la diplomacia brasileña hacia la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua.

Especialistas en relaciones internacionales consultados por Expediente Público consideran que una victoria de Bolsonaro alinearía más a Brasil con la política de EE. UU. hacia América Latina y podría endurecer su postura frente a Managua, con condenas diplomáticas más contundentes contra el régimen de Ortega y Murillo.

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La diferencia entre ambos candidatos se refleja en la relación que Brasil ha mantenido con Nicaragua. Durante los gobiernos de Lula, Brasil ha privilegiado el diálogo diplomático, sin que esto haya impedido los desacuerdos y las tensiones con el régimen nicaragüense.

Durante el Gobierno de Jair Bolsonaro (2019-2022), Brasil adoptó una postura más crítica frente a Nicaragua, motivada por diferencias ideológicas y su alineamiento con gobiernos conservadores.

Esto se reflejó en su respaldo a resoluciones de la Organización de los Estados Americanos (OEA) contra la represión y a favor de garantías democráticas, así como en sus cuestionamientos a las restricciones de Managua a los organismos internacionales.

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Las fuentes consultadas coinciden en que un eventual endurecimiento diplomático bajo Flávio Bolsonaro tampoco garantizaría avances hacia la democratización de Nicaragua. Además, los intereses estratégicos de Brasil limitan una ruptura de las relaciones bilaterales, independientemente de quién llegue a la Presidencia.

La diferencia entre ambos escenarios radica, sobre todo, en cómo Brasil entiende el multilateralismo, la integración regional y el papel de su diplomacia. 

Para Nicaragua, un eventual cambio de gobierno en Brasil podría hacerse visible en las posiciones que ese país adopte en los organismos internacionales, particularmente en la OEA, donde los gobiernos de la región debaten cómo responder a la crisis democrática y de derechos humanos nicaragüense.

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Dos proyectos de política exterior

Regiane Nitsch Bressan, especialista en relaciones internacionales y política exterior brasileña, e investigadora de la Universidad Federal de São Paulo (UNIFESP), considera que una de las principales diferencias entre Lula y un eventual Gobierno bolsonarista sería su concepción del multilateralismo y de la integración latinoamericana.

Según Bressan, el Gobierno de Lula ha buscado recuperar el protagonismo diplomático de Brasil mediante espacios como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y el Mercado Común del Sur (Mercosur), para fortalecer la integración regional y la capacidad de negociación conjunta.

En contraste, en 2020, el Gobierno de Jair Bolsonaro suspendió la participación de Brasil en la CELAC por sus desacuerdos políticos con el foro. En 2023, tras regresar al poder, Lula reincorporó al país, restableciendo su participación en ese mecanismo regional.

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«La diplomacia de Lula apuesta fuertemente en la revitalización de bloques soberanos, buscó retomar el valor histórico de pacificador y mediador regional. Un eventual retorno de la administración de Bolsonaro priorizaría una diplomacia ideológica de alineamiento con bloques de derecha y un rechazo al regionalismo tradicional», explicó la académica.

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Bressan advirtió a Expediente Público que un eventual Gobierno de Bolsonaro volvería a debilitar el compromiso de Brasil con la CELAC, un foro que se considera «politizado por la izquierda y distanciado de otras instancias multilaterales».

Desde esa perspectiva, un Gobierno de Flávio Bolsonaro podría reducir el respaldo brasileño a los mecanismos regionales que promueven el diálogo y privilegiar alianzas con gobiernos ideológicamente afines.

¿Qué está en juego en las elecciones brasileñas?

Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), obtuvo el 45,16 % de los votos válidos en la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre. Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), quedó en primer lugar con el 47,03 %. Ninguno alcanzó la mayoría absoluta, por lo que ambos disputarán la segunda vuelta este domingo.

Lula ejerció la Presidencia durante dos períodos consecutivos, entre 2003 y 2010, y regresó al poder en 2023. Si gana la reelección, iniciará un cuarto período presidencial.

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Flávio Bolsonaro, senador y candidato presidencial por primera vez, representa la continuidad del bolsonarismo, una corriente de derecha que promueve el acercamiento a gobiernos conservadores.

Durante la presidencia de su padre, Brasil estrechó vínculos con EE. UU., que ha sancionado a funcionarios y entidades del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo por sus acciones represivas.

Un posible cambio en la OEA

En el caso de la OEA, Bressan prevé que un eventual regreso del bolsonarismo llevaría a ese espacio una política de “confrontación abierta y retórica dura”.

Dicha política, según la especialista, incluiría una denuncia explícita de las violaciones a los derechos humanos y un distanciamiento diplomático directo con el régimen de Nicaragua.

Ese escenario supondría un cambio respecto a la política “no confrontativa” que Brasil ha mantenido bajo Lula, caracterizada por la condena de las violaciones de derechos humanos, pero también por la defensa del diálogo diplomático y el rechazo a determinadas iniciativas de presión internacional.

Esa postura brasileña volvió a quedar expuesta el 2 de octubre de 2026, durante la reunión de cancilleres de la OEA convocada para abordar la situación de Nicaragua.

El representante permanente de Brasil ante el organismo, Benoni Belli, quien asistió en lugar del canciller Mauro Vieira, reconoció la gravedad de la crisis nicaragüense y sostuvo que era necesario actuar con «urgencia y responsabilidad».

Sin embargo, la delegación brasileña rechazó que Nicaragua representara una amenaza para la paz y la seguridad regional y defendió la necesidad de promover un nuevo diálogo con los sectores relevantes del país.

«El objetivo principal es superar la crisis democrática y de derechos humanos en Nicaragua. Consideramos un despropósito señalar a Nicaragua de representar una amenaza directa o indirectamente para la paz y la seguridad regional», afirmó Belli.

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Para Bressan, esta posición refleja una política de «cautela pragmática», en ese caso, la de mantener abiertos los canales diplomáticos aun cuando ha habido fricciones con Managua.

La académica considera que una Administración bolsonarista se alinearía más directamente con las posiciones de EE. UU y otros gobiernos conservadores, lo que podría incrementar el aislamiento diplomático del régimen nicaragüense.

No obstante, advierte que los intereses permanentes del Estado brasileño -entre ellos, la protección de sus ciudadanos en el exterior, la gestión de los flujos migratorios y la preservación de relaciones comerciales- podrían moderar cualquier intento de ruptura total.

“Por eso, parte de la política de Lula ha buscado mantener canales de comunicación abiertos, apelando al pragmatismo, al diálogo silencioso, aunque con fricciones crecientes y una tibieza que genera críticas constantes dentro y fuera de la región», explicó.

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«Con un giro bolsonarista, ese tipo de matices diplomáticos desaparecería. Entonces, Brasil habría votado favorablemente a la resolución propuesta en la OEA, cerrando la vía del diálogo pragmático e incursionando en el aislamiento total del régimen de Nicaragua en la agenda hemisférica», agregó.

¿Más condenas a Nicaragua?

Gustavo Perego, especialista en relaciones internacionales y América Latina y directivo de la consultora argentina ABECEB, coincide en que una victoria de Bolsonaro podría endurecer la posición brasileña frente a Nicaragua y Cuba.

«Si hay un cambio de Gobierno a Bolsonaro, sí vas a tener una posición de condena al régimen de Nicaragua y Cuba, y un alineamiento con el Escudo de las Américas de Estados Unidos», afirmó a Expediente Público.

Perego considera que ese giro podría traducirse en condenas más explícitas, una retórica más dura y una mayor cooperación con los organismos regionales y las agencias estadounidenses.

Sin embargo, su pronóstico también apunta a límites concretos, “no pasaría más allá de condenas explícitas y mayor intercambio y trabajo en conjunto con las agencias de la región y Estados Unidos”. 

Un investigador nicaragüense radicado en Brasil, doctor en Ciencias Políticas, quien pidió mantener su identidad en reserva, cuestiona precisamente que una posición más confrontativa conduzca por sí misma a una salida democrática para Nicaragua.

A su juicio, es equivocado reducir la política de Lula hacia Nicaragua a una supuesta amistad con Ortega. Su postura ha respondido también a una tradición diplomática orientada a evitar confrontaciones directas y a preservar su autonomía frente a la influencia de EE. UU.

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El investigador sostiene que tampoco hay elementos suficientes para afirmar que una Administración bolsonarista desarrollaría una estrategia específica para fortalecer a la oposición nicaragüense y propiciar una transición democrática.

«No existe ninguna evidencia para decir que Bolsonaro va a tener una actuación que conlleve a buscar un camino democrático en Nicaragua, si juzgamos cómo fue el Gobierno de su papá, que no fue un Gobierno que haya tenido una iniciativa específica para encontrar una fuerza a la oposición nicaragüense que conlleve a encontrar democracia en el país», afirmó.

Desde su perspectiva, el principal resultado de un eventual giro a la derecha sería un mayor alineamiento de Brasil con las condenas internacionales contra el régimen, pero no necesariamente una estrategia regional nueva para promover su democratización.

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“Creo que vamos a quedar siempre a expensas de cuáles van a ser los movimientos de Estados Unidos frente a Centroamérica”, señaló a Expediente Público.

Los roces entre Lula y Ortega

La política de Lula hacia Nicaragua no ha estado exenta de tensiones. Durante 2023 y 2024, las relaciones entre ambos gobiernos atravesaron varios episodios de fricción, pese a la apuesta brasileña por mantener canales de comunicación.

Uno de los desacuerdos más significativos ocurrió en 2023, cuando Lula intentó interceder por la liberación de monseñor Rolando Álvarez, obispo de la diócesis de Matagalpa, a petición del entonces papa Francisco.

El mandatario brasileño relató posteriormente que Ortega no atendió su llamada. En enero de 2024, Álvarez fue desterrado a Roma junto con otros religiosos.

Las tensiones escalaron en agosto de 2024, cuando el Gobierno de Nicaragua expulsó al embajador brasileño en Managua, Breno da Costa. Brasil respondió con la expulsión de la embajadora nicaragüense en Brasilia, Fulvia Patricia Castro Matu, en aplicación del principio de reciprocidad.

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Según las informaciones difundidas entonces, la decisión de Managua estuvo relacionada con la ausencia del embajador brasileño en determinados actos oficiales, entre ellos las celebraciones del 45 aniversario de la Revolución Sandinista.

Estos episodios muestran que la política de diálogo de Lula no ha impedido el deterioro de las relaciones bilaterales. También evidencian que la continuidad de los canales diplomáticos no equivale a una relación política cercana ni a la ausencia de críticas.

El precedente de Jair Bolsonaro

Durante la Presidencia de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, Brasil adoptó posiciones críticas frente al Gobierno de Ortega y respaldó iniciativas internacionales relacionadas con la crisis nicaragüense.

En mayo de 2019, la Administración brasileña votó a favor de una resolución de la OEA que reclamaba un diálogo efectivo, la liberación incondicional de los presos políticos, el acceso de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y del Mecanismo Especial de Seguimiento para Nicaragua (MESENI), así como elecciones libres, justas, transparentes y legítimas.

El documento también defendía las libertades de expresión y de prensa, el derecho a la protesta y el retorno seguro de las personas obligadas a abandonar Nicaragua.

Ese mismo año, Brasil rechazó que la dictadura nicaragüense impidiera el ingreso al país de una Comisión de Alto Nivel de la OEA. A finales de 2020, mediante una nota titulada «Defensa de la restauración de la democracia en Nicaragua», denunció las restricciones a los derechos políticos y la criminalización de la oposición.

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De cara a las elecciones nicaragüenses de 2021, el Gobierno brasileño también cuestionó los cambios legislativos que restringían la participación política y reclamó reformas electorales que garantizaran comicios competitivos, con observación internacional.

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Tras las votaciones de noviembre de ese año, en las que Ortega obtuvo la reelección en un proceso marcado por el encarcelamiento de aspirantes presidenciales opositores, Brasil respaldó en marzo de 2022 la resolución 49/3 del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que estableció el Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua.

En sus informes, el grupo ha documentado patrones de represión y graves violaciones de derechos humanos, así como la persecución transnacional contra nicaragüenses que buscaron protección en otros países.

El precedente de Bolsonaro demuestra que Brasil puede asumir una postura más frontal frente a Managua. Sin embargo, ese historial no basta para concluir que un eventual Gobierno de Flávio Bolsonaro impulsaría una estrategia sustancialmente distinta o más eficaz para promover una transición democrática en Nicaragua.

La incógnita, por tanto, no es únicamente si Brasil pudiera endurecer su discurso frente a Ortega y Murillo, sino si un eventual cambio de gobierno se traduciría en acciones coordinadas que vayan más allá de las condenas diplomáticas.

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