Ciudad Blanca Honduras

Ciudad Blanca, un tesoro mundial en peligro

*Expediente Público documenta el abandono de La Moskitia hondureña, donde el saqueo arqueológico en la mítica Ciudad Blanca refleja el control del narcotráfico en esta región.

**Una historiadora del arte emprende un viaje por La Moskitia hondureña. Su objetivo es interpretar las piezas arqueológicas encontradas en la mítica Ciudad Blanca. Expediente Público acompaña esta expedición al interior de una selva donde coincide la multiculturalidad, la naturaleza, la arqueología y el narcotráfico. 


Expediente Público

Gracias a Dios es el segundo departamento más extenso de Honduras y el más abandonado. Es una región selvática donde su población tiene una esperanza de vida tres años menor a la tasa nacional, donde apenas hay dos ambulancias para sus 106 mil habitantes y el Estado es prácticamente ausente.

El departamento de Gracias a Dios es también el principal acceso de la droga en Centroamérica. En La Moskitia conocen esta situación, porque las avionetas y las embarcaciones provenientes de Sudamérica aterrizan y atracan prácticamente sin disimulo.

Ligado al tráfico de droga ahora se le suma un nuevo fenómeno: la ganadería extensiva. En un abrir y cerrar de ojos la Reserva de la Biósfera del Río Plátano se llenó de miles de vacas que llevaron grupos de hombres armados, quienes, imponiendo sus reglas, comprometen la naturaleza y siembran terror en las comunidades, mayoritariamente indígenas y afrodescendientes.

Debajo de los extensos territorios ahora invadidos por la ganadería ha quedado prácticamente secuestrada la Ciudad Blanca, esa antigua civilización que convertía en arte las piedras, una cultura milenaria que hasta podría reconstruir la historia de Mesoamérica.

Expediente Público se viste de explorador y entra al corazón de La Moskitia, en esta selva donde sus pobladores exigen que el gobierno de la presidenta Xiomara Castro no cometa el mismo error de sus antecesores: abandonarlos y dejarlos a expensas de las redes criminales. 

En las fauces de la selva

Un grupo de vacas que pastan a un costado del río Plátano ven de reojo la embarcación. A simple vista, parecen aletargadas por la humedad y el calor de la selva, irritadas por las nubes de insectos que intentan espantar con sus colas.

¿Quién llevó las vacas a la selva? Como la mayoría de los nativos, Jayro, el joven conductor del pipante, prefiere no hablar del tema, apenas contesta que son los terceros, llamados también por los indígenas como los indios.

Después de unos minutos, Jayro ralentiza el motor y se anima a comentar un poco más: «el territorio ahora es de los indios, los miskitos ya no tenemos tierra. Antes la gente conseguía dinero con el oro, ahora vende sus propiedades».

Jayro silencia de nuevo y acelera la embarcación. En ciertos tramos del camino, unos vallenatos colombianos emergen a todo volumen desde el interior de las montañas. Suena la música, se observan algunas tiendas de campaña instaladas a la orilla del río, pero no se ve a nadie.

Al entrar al corazón de La Moskitia hondureña, se desvanece aún más la fantasmagórica presencia que tiene el Estado en el departamento oriental de Gracias a Dios, en esta región colindante con Nicaragua donde los británicos mantuvieron un protectorado por casi dos siglos.

Tras cinco horas de trayecto, se llega a la Reserva de la Biósfera del Río Plátano, considerada por muchos investigadores como la segunda selva tropical más grande y biodiversa del hemisferio occidental después del Amazonas.

Pero desde hace unas décadas, la biósfera enfrenta una profunda crisis.

Al frente de la embarcación, Geydy Rodríguez Wood observa indignada miles de árboles talados. Pero ella no visita la selva para investigar la ganadería extensiva. Rodríguez Wood es historiadora del arte, la primera miskita que estudia las piezas arqueológicas de La Moskitia. 

Bajo un sol abrasador, a 35 kilómetros del Mar Caribe, el pipante atraca en la comunidad indígena de Las Marías, un pueblo que inmerso en la jungla apenas se incluye en el mapa de Honduras.

Para muchos arqueólogos, esta zona esconde uno de sus principales enigmas a resolver. Un lugar que podría cambiar la cronología de la historia antigua de Mesoamérica y por eso, un tesoro para los saqueadores.

Junto a Rodríguez Wood, Expediente Público ha llegado a uno de los epicentros de la leyenda que los indígenas pech conocen como Wahia Patatahua o Kaha Kamasa. La que los miskitos llaman Utla Pihni. Es decir: a la mítica Ciudad Blanca.   

Los habitantes de la selva

La comunidad de Las Marías se ubica en los márgenes del río Plátano, al borde de la zona núcleo del área protegida más grande de Honduras. Sin datos oficiales, sus pobladores calculan que en el pueblo habitan unas dos mil personas. Aunque realmente a nadie parece interesarle el dato demográfico, porque en la comunidad la muerte es tan vaporosa y etérea como el calor húmedo de la zona. Llega y se marcha sin registro. 

Unas doscientas casas, una escuela primaria, un comedor, un hospedaje, un campo de fútbol, diez tiendas de abarrotes y siete iglesias, en su mayoría construidas por moravos alemanes, conforman esta comunidad que no cuenta con energía eléctrica ni agua potable.

El abandono del Estado en la región es pasmoso, como si siempre hubiese planeado entregar la población a otras manos. Por ejemplo, el hospital básico más cercano de Las Marías se encuentra a un día y medio de trayecto por agua y tierra. En otras palabras, una apendicitis es tan mortal en el pueblo como una mordedura de la temida serpiente «barba amarilla».

La pandemia hizo estragos en toda La Moskitia. «Hace dos años murió mi mamá, tuvo problemas en los pulmones», lamenta Jayro, quien logró trasladarla al hospital de La Ceiba, a 240 kilómetros de distancia.

La marginación siempre ha acompañado a los pech, a estos indígenas de origen chibcha que llegaron a La Moskitia desde Sudamérica. Contemporáneos de los tawahkas, habitan el departamento de Gracias a Dios mucho antes que los miskitos, decenas de siglos antes que los garífunas.

Los historiadores desconocen el origen exacto de la comunidad de Las Marías. Al respecto, los relatos orales aportan interesantes indicios. Bernardo Torres Hernández, un pech de 72 años que vive en la aldea Waikna Tara, a un costado del río Plátano, dialoga con Expediente Público.

«Contaba mi abuela que el sacerdote español Manuel de Jesús Subirana hizo tres viajes para sacar a unas 60 familias pech desde las cabeceras de Chilmeca, de donde vienen mis antepasados. El último chamán pech se llamó Catalino Escoto, él podía hacer cosas extraordinarias como provocar lluvias y truenos, de eso hace más de cien años. Él vivió en Las Marías cuando acá no había gente miskita ni ladina».

Al despedirse, Torres pide una colaboración económica para terminar una iglesia católica que construye en la aldea, a la par de una escuela abandonada. Añade: «nuestros antepasados no creían en la palabra de Dios, ni en la cruz. Ellos adoraban la naturaleza, las piedras, el maíz, la yuca, los cultivos, la luna. Costó mucho catequizarlos».

Como relata Bernardo Torres, históricamente Las Marías ha sido una comunidad pech, pero en la actualidad estos indígenas son minoría frente a la dominante población miskita y ladina. En 2012, apenas cinco personas del pueblo hablaban pech, un idioma que desaparece con cada anciano que muere.

Pérdida del territorio

El idioma no es lo único que está en riesgo. En la última década, los indígenas de la Biósfera del Río Plátano han perdido su territorio a mano de los terceros, los nuevos patrones de las tierras.

«Son personas armadas», susurran los habitantes.

Hace unos cuatro años, los terceros llegaron desde los departamentos de Olancho y Colón. Con dinero en efectivo compraron a cien dólares la manzana de tierra, que ahora venden a U$1200. Muchos simplemente aparecieron armados y cercaron las propiedades.

«Los miskitos no sabían el valor de esas tierras, las vendieron por necesidad. Ahora ya no hay nativo que tenga tierra», explica Jayro, mientras observa un grupo de vacas pastando.

Con los terceros apareció el ruido devastador de las motosierras y la selva se llenó de ganado. El municipio de Brus Laguna, donde se encuentra la comunidad de Las Marías, perdió 12 mil hectáreas de bosque en 2020, siete mil eran bosque primario. Desde ese año, la deforestación en la biósfera aumentó 72%.

Para un grupo de investigadores estadounidenses, la ganadería extensiva en La Moskitia esconde otros motivos, mismos que serán abordados en la segunda entrega de este reportaje.