* La Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. 2025 coloca al hemisferio occidental como su prioridad central.
** Washington redefine la migración, el narcotráfico y el control de la infraestructura crítica como amenazas directas.
*** Centroamérica emerge como territorio clave para contención geopolítica frente a China y Rusia.
Expediente Público
La publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 marca un punto de inflexión. No sólo redefine prioridades globales, sino que reorganiza el mapa político y de seguridad del hemisferio occidental. América Latina, y en particular Centroamérica y el Caribe, deja de ocupar un lugar periférico para convertirse en el centro de la seguridad interna estadounidense.
El documento sintetiza una visión que privilegia soberanía, control territorial y contención externa. En ese marco, el hemisferio occidental es presentado como la primera línea de defensa: un espacio que debe ser estabilizado, controlado y alineado para evitar amenazas directas a Estados Unidos.
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Corolario Trump a la Doctrina Monroe
Desde sus primeras páginas, el documento establece una jerarquía inédita de regiones. El hemisferio occidental aparece por delante de Asia, Europa o Medio Oriente, un giro sin precedentes en la planificación estratégica estadounidense. “Queremos asegurar que el hemisferio occidental permanezca libre de incursión hostil extranjera o del control de activos estratégicos por potencias extra hemisféricas”, señala la Estrategia.
El documento delinea el llamado “corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Este remite a una actualización práctica del principio formulado por Estados Unidos en 1823, según el cual el hemisferio occidental debía permanecer al margen de la influencia de potencias extra hemisféricas.
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El corolario Trump no se presenta como una nueva doctrina formal, sino como una línea de acción concreta. Con él, Washington define como un interés central impedir que actores externos, principalmente China y en menor medida Rusia, consoliden control, influencia o presencia estratégica sobre infraestructura crítica, recursos estratégicos o sistemas tecnológicos en América Latina y el Caribe.

El documento sostiene que permitir la penetración de potencias extra hemisféricas en puertos, telecomunicaciones, energía, minerales estratégicos u otros activos clave fue “uno de los grandes errores estratégicos de las últimas décadas”.
Asimismo, la Estrategia advierte que ese escenario será tratado como una amenaza directa a la seguridad nacional estadounidense.
En ese contexto, anticipa que la cooperación, la asistencia y el acceso al mercado de Estados Unidos estarán cada vez más condicionados a la reducción de esa influencia, mediante el uso combinado de herramientas económicas, financieras, diplomáticas, tecnológicas y de seguridad.
Migración irregular, narcotráfico y crimen organizado
Este reposicionamiento tiene consecuencias directas para la región. La Estrategia redefine amenazas tradicionales y reordena prioridades de tal forma que la migración irregular, narcotráfico y crimen organizado transnacional en todo el hemisferio occidental son calificadas como amenazas estratégicas a la seguridad nacional estadounidense.
“La era de la migración masiva ha terminado. La seguridad fronteriza es el elemento primario de la seguridad nacional”, sostiene el documento. La Estrategia aborda la migración como un problema de control territorial, disuasión y defensa. En consecuencia, la estrategia propone reforzar fronteras, ampliar capacidades de interdicción y coordinar de manera más estrecha con países de tránsito y origen.
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La Estrategia presenta a los carteles de narcotráfico como organizaciones con capacidades cuasi-militares que erosionan estados, controlan territorios y facilitan flujos ilícitos que afectan directamente la seguridad estadounidense.
Para combatirlos, el documento contempla el aumento del despliegue naval en el Caribe, el fortalecimiento de la Guardia Costera y la Marina. También plantea la posibilidad de operaciones focalizadas contra cárteles, incluyendo, cuando se considere necesario, el uso de fuerza letal. Con esto, supera la estrategia limitada a la aplicación de la ley.
Para Evan Ellis, profesor e investigador del Instituto de Estudios Estratégicos del Colegio de Guerra de Estado Unidos, el cambio de estrategia es radical.
“Las estrategias anteriores, incluida la de Biden, tenían un enfoque en construir seguridad a través de democracia compartida e instituciones como complemento del poder nacional. La nueva estrategia es más pragmática: busca coaliciones de voluntad, incluso con actores que no tienen récords perfectos en temas de gobernanza o corrupción”, señaló a Expediente Público.
El experto también destacó que la nueva Estrategia plantea la resistencia a la influencia de China en el hemisferio a través de actividades y cooperación de índole militar, del control de infraestructura sensible y el uso de instrumentos financieros para expandir relaciones en la región.
Ellis advirtió que los gobiernos latinoamericanos deberían interpretar este giro como una señal estructural y no coyuntural.
Infraestructura crítica y economía
La Estrategia también amplía el concepto de seguridad más allá del ámbito militar. Considera que puertos, aeropuertos, telecomunicaciones, energía y minerales estratégicos son activos vitales cuya pérdida de control representa una vulnerabilidad inaceptable. El documento establece que negar a potencias rivales el acceso o control de estos sectores es una prioridad estratégica.
De esta manera, el comercio y la inversión se convierten en extensiones de la política de seguridad nacional. “La resiliencia de las cadenas de suministro es inseparable de la seguridad nacional”, sostiene el documento.
Señala que la dependencia de cadenas de suministro dominadas por competidores estratégicos expone a Estados Unidos a riesgos inaceptables.
Para contrarrestar esto, plantea que Estados Unidos utilizará financiamiento, acuerdos comerciales y herramientas regulatorias para incentivar la producción en el hemisferio.
“Estados Unidos nunca debe depender de ninguna potencia externa para los componentes esenciales —desde materias primas hasta piezas y productos terminados— necesarios para la defensa o la economía del país. Debe garantizar un acceso independiente y confiable a los bienes que necesita para preservar su seguridad y su modo de vida, ampliando el acceso a minerales y materiales críticos y contrarrestando prácticas económicas depredadoras”, dice el documento.

Centroamérica, estratégica en las cadenas de suministro
Para el investigador del Atlantic Council Enrique Millán Mejía, Centroamérica reúne condiciones estructurales clave de cara a los postulados estratégicos de la Estrategia.
“Las oportunidades para Centroamérica en materia de atracción de inversión, especialmente inversión norteamericana que busca relocalizarse, son bastante grandes. La región cumple con varios requisitos del reacomodamiento de cadenas de suministro: cercanía geográfica, estabilidad en las reglas comerciales y una trayectoria de negociaciones con Estados Unidos», afirmó el experto a Expediente Público.
Agregó que otras ventajas de los países del norte de Centroamérica es que cuentan con abundante mano de obra para sectores como el textil, las manufacturas livianas y los alimentos, mientras que otros, como Costa Rica, pueden atraer inversión en semiconductores y dispositivos médicos.
El reposicionamiento estadounidense también tendría efectos diferenciados dentro de Centroamérica y el Caribe. Para el profesor Ellis, en el corto plazo es previsible un nivel significativo de cooperación con Washington, tanto por afinidades políticas como por intereses comerciales ya consolidados.
“Honduras parece inclinarse hacia la cooperación; Panamá ha sido históricamente un aliado; Costa Rica dependerá en buena medida de su ciclo electoral, aunque los partidos con mayores posibilidades mantienen una postura favorable a Estados Unidos. El Salvador probablemente continúe cooperando, aunque su participación en algunos proyectos con China podría generar tensiones. Guatemala mantiene una relación funcional con Washington y República Dominicana también se perfila como un socio estable”, explicó Ellis.
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Sin embargo, el escenario no es homogéneo. El propio Ellis advierte que Nicaragua aparece como una excepción relevante dentro del mapa regional, tanto por su alineamiento político como por su rol como anfitrión de actores extra hemisféricos.
Millán subrayó que la viabilidad del alineamiento con Estados Unidos también descansa sobre bases económicas e institucionales preexistentes:
“Centroamérica cuenta con un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos que está vigente desde hace más de veinte años. Aunque claramente necesita una actualización, sigue siendo un mecanismo importante de facilitación del comercio. A eso se suma el rol de la diáspora en Estados Unidos, que es una compradora habitual de productos centroamericanos, y el hecho de que también hay una creciente inversión empresarial centroamericana en territorio estadounidense¨ agregó.

El investigador del Atlantic Council también señaló desafíos, como actualizar el CAFTA-DR y eliminar barreras no arancelarias.
¨No hay aranceles significativos para los productos de Estados Unidos, pero sí existen trabas burocráticas, trámites excesivos e inspecciones redundantes que terminan afectando el funcionamiento de las cadenas de suministro”, afirmó Millán.
Para él, otros retos representan Nicaragua y Honduras. “Es clave fortalecer el Estado de Derecho; casos como el de Nicaragua, que estuvo bajo investigación por violaciones a los derechos humanos y laborales, podrían derivar en sanciones, y Honduras ha estado bajo observación por su proceso electoral”, señaló.