* Tras el debilitamiento del eje venezolano, Nicaragua queda como la plataforma estratégica del régimen de los ayatolas de Irán.
* Los limitados o inexistentes resultados económicos de la cooperación iraní se contraponen a la dependencia económica con Estados Unidos.
* Expertos advierten que el principal riesgo no es militar, sino de inteligencia y posicionamiento estratégico, por la cercanía geográfica de Nicaragua con Estados Unidos.
Expediente Público
En medio de una escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán, la cual mantiene abiertas fricciones en varios frentes del sistema internacional, en Centroamérica se consolida una dinámica menos visible pero estratégica.
La relación entre Managua y Teherán ha resistido los cambios en el entorno global y, ahora, la Nicaragua de los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo ofrece acceso a la presencia iraní en el hemisferio occidental.
Incluso en un escenario donde Washington y Teherán exploran vías de distensión, el valor de Nicaragua como activo geopolítico permanece.
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Estados Unidos sigue siendo el principal mercado de exportación para Nicaragua y es la fuente dominante de remesas que sostienen su economía. Pese a esto, Ortega llamó el pasado 21 de abril “desquiciado mental” al mandatario Donald Trump, precisamente por las acciones militares contra Irán.
Además, Nicaragua ofrece territorio, facilidades, logísticas y respaldo político a un régimen considerado una de las principales amenazas para la seguridad nacional estadounidense. En ese escenario, las relaciones entre Managua y Washington no muestran una ruptura proporcional.
Daniel Ortega queda tras captura de Nicolás Maduro
Tras el debilitamiento del eje venezolano, Nicaragua se ha consolidado junto con Cuba como uno de los pocos aliados activos de Irán en América Latina. Su posicionamiento ya no se limita gestos diplomáticos, sino que forma parte de una estrategia más amplia de alineamiento político, en un momento de alta fricción internacional.
Ese alineamiento se expresa en hechos concretos. El 31 de marzo de este año, con motivo de aniversario de la Revolución Islámica, el gobierno nicaragüense, emitió un mensaje oficial en el que no sólo reconoció al régimen iraní, sino que reivindicó su modelo político, como una expresión legítima de autodeterminación.
Para Félix Maradiaga, académico, exaspirante presidencial y opositor nicaragüense en el exilio, este tipo de posicionamientos no es simbólico, sino que responde a una lógica estructural dentro de la política exterior del régimen Ortega-Murillo, marcada por una postura abiertamente confrontativa hacia Estados Unidos.
La relación con Irán se consolida como parte de un alineamiento estratégico más amplio, donde el componente ideológico facilita decisiones que amplían el acceso y la presencia de actores extra regionales en Nicaragua, dijo el analista a Expediente Público.
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Este alineamiento, sin embargo, trasciende el plano discursivo. En la práctica, se ha traducido en decisiones concretas que facilitan la presencia iraní en territorio nicaragüense, en un contexto donde funcionarios de Teherán enfrentan severas sanciones en gran parte del mundo occidental.
“Managua le dio una gran facilidad migratoria a funcionarios iraníes que naturalmente han estado muy restringidos durante los últimos 30 años de viajar por Occidente, así que el tema migratorio es un tema importante”, señaló Maradiaga.
Subrayó que uno de los mecanismos más sensibles de esta relación es el uso del territorio nicaragüense como puerta de entrada y plataforma de proyección en el hemisferio.

44 acuerdos entre Nicaragua e Irán
A lo largo de casi dos décadas, la relación entre Nicaragua e Irán ha estado acompañada por una extensa lista de acuerdos, memorandos y promesas de cooperación en sectores estratégicos que van desde energía e infraestructura hasta salud y tecnología.
Expediente Público contó 44 rúbricas bilaterales desde 2007, cuando Ortega retornó al poder.
Sin embargo, un análisis detallado de estos compromisos revela una constante: el contraste entre la magnitud de los anuncios y la limitada —o inexistente— materialización de los proyectos. Esto plantea interrogantes sobre la verdadera naturaleza de esta relación y los beneficios reales para el país centroamericano.
Sólo cinco acuerdos fueron ejecutados completamente y otros cuatro parcialmente, detalla el monitoreo de Expediente Público.
Otros 34 acuerdos no volvieron a mencionarse públicamente ni existen registros de avances —algunos fueron abandonados sin explicación pública— y apenas uno continúa en proceso.
Monkey Point, el puerto que nunca se hizo
Los acuerdos y proyectos anunciados entre Irán y Nicaragua desde 2007 incluye iniciativas en infraestructura, energía, salud, tecnología y cooperación institucional, que en su conjunto proyectan una relación de gran escala en el papel, pero con resultados limitados o difíciles de verificar en la práctica.
Ejemplo de acuerdos abandonados son el puerto de aguas profundas en Monkey Point o paquetes energéticos de gran capacidad que nunca llegaron a materializarse.
El proyecto de Monkey Point estaba valorado en más de US$350 millones. El paquete energético incluía una planta con capacidad superior a 600 megavatios.
El puerto de Monkey Point no fue construido, mientras que otros compromisos estratégicos permanecen sin evidencia clara de ejecución.
Estas iniciativas eran presentadas como inversiones destinadas a transformar la economía nicaragüense. Sin embargo, ese despliegue de anuncios no se tradujo en resultados. La mayoría de estos proyectos nunca se materializaron y algunos quedaron a medio camino.
Incluso, iniciativas anunciadas como parte de paquete de cooperación por más de US$1000 millones carecen en absoluto de información pública verificable sobre su financiamiento, avances o resultados.
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Acuerdos: mucha propaganda, poca ejecución
Los acuerdos se han concentrado en áreas específicas que rara vez implicaron inversión directa o resultados económicos medibles. De hecho, una proporción importante de las promesas de cooperación son de carácter institucional, cultural o técnico, es decir, no requieren inversiones de gran escala y resultados medibles en el corto plazo.
Con este esquema de cooperación, el centro de pensamiento Expediente Abierto identificó que la relación Managua-Teherán ha operado bajo una lógica de anuncios recurrentes y ejecución selectiva y no bajo un esquema de desarrollo económico sostenido.
“La cooperación entre ambos países ha funcionado como un mecanismo de visibilidad, política, propaganda y posicionamiento estratégico”, señaló la organización en un informe.
Para el politólogo salvadoreño Napoleón Campos, este patrón no es accidental y responde a una lógica en la que Nicaragua se posiciona como plataforma de articulación para actores extra regionales como Irán, Rusia y China.
El valor de la relación no radica en la ejecución de proyectos ni en beneficios económicos tangibles. En la práctica, la cooperación funciona como un instrumento de inserción geopolítica, dijo Campos a Expediente Público.
Se trata de una cooperación funcional para Irán, en la que Managua ofrece acceso territorial, político y estratégico a cambio de un respaldo limitado, pero útil para su narrativa de confrontación con Estados Unidos, agregó.
Según el analista, el resultado es una relación estructuralmente asimétrica que no impulsa el desarrollo interno, pero sí fortalece la proyección de intereses extra regionales en Centroamérica.
Un aliado activo en la agenda de Irán
Este alineamiento estratégico no se limita al ámbito bilateral ni a los acuerdos de cooperación, también se proyecta en el escenario internacional, donde el régimen Ortega-Murillo ha asumido posiciones activas en defensa de los intereses de Teherán en foros multilaterales.
Un ejemplo de ello ocurrió en noviembre 2025, cuando Nicaragua se sumó a una declaración junto con países como Bielorrusia, China, Cuba, Rusia y Zimbabwe, para respaldar el programa nuclear iraní ante la junta de gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Durante esa sesión en Viena, la delegación nicaragüense defendió el derecho de Irán a desarrollar energía nuclear “con fines pacíficos”, en una postura que estuvo más allá de la diplomacia tradicional y que reforzaba su alineamiento político en un tema altamente sensible para la seguridad global y los intereses de Estados Unidos.
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Una relación de 46 años
Lejos de haber sido un evento inédito reciente, este comportamiento en realidad respondió a una relación que se ha venido construyendo de manera sostenida desde el retorno del sandinismo al poder en 2007.
Ortega restauró la relación con Irán. De hecho, la nicaragüense es conocida como “la revolución gemela” de los ayatolas, pues el ascenso al poder del sandinismo y los ayatolas coincidieron en 1979.
Desde entonces, Nicaragua participa de una política exterior orientada a hacer el contrapeso de la influencia de Estados Unidos en Centroamérica.
Patrón no es exclusivo de Nicaragua
Un informe del Woodrow Wilson Center, advirtió ya en el 2007 que existía “una brecha profunda entre las promesas y la materialización real de las inversiones productivas y de infraestructura de Irán”, evidenciando la distancia entre los anuncios de cooperación y su ejecución efectiva.
Esta dinámica ha estado marcada por compromisos de gran escala que rara vez se han traducido en resultados concretos en América Latina.
En Nicaragua, más allá de algunos avances puntuales -como la construcción de un policlínico- el balance general confirma que la relación ha estado marcada por promesas reiteradas y resultados marginales.
El patrón encontrado por analistas internacionales consultados es que la relación entre Nicaragua e Irán no puede entenderse en términos de cooperación económica convencional, sino como una alianza de conveniencia geopolítica.
Más que generar desarrollo o beneficios tangibles, ha funcionado como una plataforma de proyección estratégica para Teherán, en el hemisferio occidental, sostenida por afinidades ideológicas, opacidad institucional, y una lógica de confrontación con Estados Unidos.
En realidad, el valor de esta relación no radica en lo que recibe Nicaragua, sino en lo que ofrece, que es acceso territorial, flexibilidad política y un punto de apoyo cercano al principal adversario de Irán.