* Irán accede al hemisferio occidental con ayuda del régimen nicaragüense.
* La relación entre Managua y Teherán combina alineamiento político, opacidad institucional y acuerdos en sectores sensibles como seguridad.
* El principal riesgo está en el ámbito de la inteligencia y la proyección regional, advierten especialistas.
Expediente Público
Tras años de promesas incumplidas y una cooperación con escasos resultados económicos, la relación entre Nicaragua e Irán tiene una dimensión distinta cuando se observa desde la perspectiva de seguridad y las proyecciones estratégicas.
Más que un socio relevante, Nicaragua se ha consolidado en un punto de acceso funcional para Irán en el hemisferio occidental. Su valor radica en las condiciones que ofrece, tales como acceso territorial, opacidad institucional y una política exterior alineada con actores extraregionales antiestadounidenses.
El especialista en seguridad José Gustavo Arocha, investigador senior asociado del Center for a Secure Free Society, advierte que el régimen nicaragüense no solo ha ganado relevancia por su relación con Teherán, sino por las condiciones que ofrece como plataforma de expansión al hemisferio occidental.
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“No hay un lugar más cómodo en este momento que Nicaragua (…). Su permisividad y sus conexiones con Irán, Rusia y China lo convierten en un punto clave”, afirmó Arocha a Expediente Público.
Para Arocha, un militar venezolano exiliado en Estados Unidos, uno de los elementos más sensibles es el ámbito migratorio.
“(Los iraníes) utilizan como coartada o como doble propósito empresas para después ir a lo que realmente ellos quieren”, señaló.
La dictadura flexibilizó las condiciones de ingreso a este país centroamericano para funcionarios y delegaciones iraníes, para evadir las restricciones en múltiples jurisdicciones occidentales, advirtieron analistas consultados por Expediente Público.
Este factor convierte al territorio nicaragüense en un punto de acceso particularmente relevante dentro del hemisferio occidental.
Acuerdos sin ejecución, pero de doble uso
A esto se suma la amplitud de los acuerdos firmados, muchos de los cuales abarcan sectores estratégicos como energía, tecnología, infraestructura e incluso áreas vinculadas a seguridad y cooperación técnica. Aunque varios de estos convenios carecen de ejecución, su alcance formal abre espacios de interacción que trascienden el plano estrictamente económico.
Diversos especialistas coinciden en que este tipo de relaciones debe analizarse no sólo por sus resultados visibles, sino por su potencial de uso estratégico.

En contextos como el de Nicaragua, de baja supervisión institucional, acuerdos amplios y poco transparentes facilitan las dinámicas de cooperación de doble uso, donde iniciativas civiles, conviven con objetivos políticos o de proyección internacional.
Arocha señaló que este tipo de relaciones sigue un patrón conocido. “Todo es de doble propósito; comienza con lo diplomático, pasa a lo cultural y comercial, pero termina incorporando dimensiones industriales y militares”, manifestó.
Más que un socio económico relevante, la dictadura le ha ofrecido a Irán condiciones políticas, geográficas e institucionales que le permiten ampliar márgenes de acción en una región históricamente sensible para la seguridad de EE. UU.
Según Arocha, este posicionamiento no es accidental. “Tras perder presencia en países como Venezuela, los iraníes necesitan reubicarse y Nicaragua se convierte en el pilar fundamental en este momento”, señaló.
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Un ecosistema de alianzas extrarregionales
Para el académico Félix Maradiaga, exaspirante presidencial y opositor nicaragüense en el exilio, el vínculo con Irán forma parte de una arquitectura más amplia. A su juicio, el régimen Ortega-Murillo ha permitido la convergencia de actores extraregionales en sectores sensibles donde coinciden la cooperación rusa, la presencia cubana en inteligencia y vínculos tecnológicos con China, particularmente en el ámbito de telecomunicaciones bajo control estatal.
“Lo que existe no es una relación aislada, sino un ecosistema que amplía capacidades de acceso a información dentro del país”, señaló.

A su criterio, esa lectura cobra relevancia si se observa la evolución de los acuerdos firmados en los últimos años, que incluyen cooperación en nanotecnología y telecomunicaciones hasta intercambios técnicos en sistemas de información.
La relación también ha avanzado en el plano institucional. Entre los instrumentos más relevantes figura un memorando suscrito entre el Ministerio de Justicia de Irán y la Corte Suprema de justicia de Nicaragua que contempla el intercambio en formación jurídica, elaboración de normas y fortalecimiento de capacidades técnicas dentro del sistema judicial.
Los especialistas consultados observan que este tipo de acuerdos, sumado a la opacidad de sectores estratégicos, amplía las posibilidades de intercambios de información bajo esquemas de confidencialidad estatal.
Además, documentos bilaterales muestran el interés de ambos países en ampliar la cooperación en áreas energéticas, tecnológicas y de infraestructuras, muchas de ellas, sin ejecución verificable, pero con potencial de uso más allá del ámbito civil.
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El vacío que deja Venezuela
Maradiaga apunta que la relación con Irán no puede medirse por los proyectos ejecutados, sino por lo que Nicaragua ha cedido. El balance —afirmó— es desigual y se expresa en el acceso que el régimen ha permitido en ámbitos sensibles, desde movilidad hasta espacios institucionales.
Esa cesión adquiere relevancia cuando se observa el tipo de cooperación que se ha ido incorporando en los últimos años. Registros oficiales muestran acuerdos en telecomunicaciones, tecnología y sistemas de información que, aunque carecen de resultados visibles, amplía el margen de interacción en sectores estratégicos.
A las alertas sobre cooperación institucional, se suma un indicio más sensible. Un reportaje de The New York Times, basado en documentos de inteligencia estadounidense filtrados en 2023, señaló que mandos nicaragüenses expresaron disposición a profundizar vínculos con Teherán durante la visita a Managua del canciller Hossein Abdollahian, fallecido en mayo 2024 en un accidente de helicóptero.
Según ese reporte, el interés no se limitaba al plano diplomático, sino que incluía conversaciones sobre cooperación militar. Este antecedente refuerza una preocupación que atraviesa todo el expediente Nicaragua-Irán.

El problema no radica únicamente en los proyectos anunciados o en los acuerdos suscritos, sino en la posibilidad de que en este momento la relación haya evolucionado hacia formas de cooperación menos visibles y más difíciles de rastrear públicamente.
Por esta razón, Arocha considera que el reacomodo regional posterior a la caída del chavismo abre un nuevo escenario para Teherán. A su juicio, tras la pérdida de su principal plataforma en Sudamérica, la dictadura Ortega-Murillo ganan peso como un punto de apoyo en Centroamérica.
“Nicaragua ha sido ese país que ha pasado por debajo de la mesa, donde ha sido lo suficientemente hábil para no despertar sospechas”, advirtió Arocha.
Desde su perspectiva, la experiencia venezolana ofrece una señal clara. La relación con Irán puede comenzar con cooperación política, cultural o comercial y, con el tiempo, desplazarse hacia ámbitos de mayor sensibilidad estratégica.
Según Arocha, la ubicación geográfica, la cercanía al corredor hacia EE. UU. y el bajo escrutinio internacional, convierte al régimen nicaragüense en un socio especialmente útil para un enemigo histórico de Washington e Israel, que no se detendrá en buscar cómo mantener su presencia, ampliar sus redes y conservar capacidad de maniobra en el hemisferio occidental.
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Arocha recordó que, en Venezuela, la cooperación con Irán avanzó de lo diplomático comercial hacia ámbitos más sensibles, bajo esquemas de doble uso que combinaban actividades civiles con objetivos estratégicos. Este precedente, sostiene el experto venezolano, permite dimensionar el alcance que podría adquirir el vínculo entre ambas naciones que comparten un odio histórico a los valores norteamericanos.

El rol de Nicaragua, como punto de apoyo a los intereses iraníes en el hemisferio, ha comenzado a ser evaluado en círculos de seguridad internacional. La preocupación no se limita por la cooperación bilateral, sino por el uso potencial del territorio como plataforma logística para que ellos amplíen su presencia y facilitar su desplazamiento a través de toda la región.
Douglas Farah, especialista en crimen trasnacional y seguridad hemisférica de IBI Consultants, sostiene que la penetración islámica-iraní en América Latina deben analizarse en ese marco.
“Los esfuerzos para proyectar influencia en la región son reales, aunque no necesariamente implican una capacidad inmediata de acción”, explicó a Expediente Público. A su juicio, el principal riesgo no es militar, sino de inteligencia, acentuado por la cercanía geográfica a EE. UU.
Acceso a territorio con una lógica operativa
Arocha coincide en que el factor geográfico es una variable crítica. En su opinión, el modelo político que rige Managua ofrece acceso más directo hacia el norte del continente y menores niveles de escrutinio internacional, lo que incrementa su valor dentro de la proyección iraní en el hemisferio.
Para él, Teherán utiliza redes flexibles y estructuras indirectas. “Ellos utilizan proxies: compañías o actores intermedios que permiten mover recursos, información y operaciones sin exposición directa”, explicó.
Robert Evan Ellis, profesor de U.S. Army College, señala que este tipo de alianzas adquiere mayor relevancia en escenarios de reconfiguración regional. Sostiene que, tras la caída de Nicolás Maduro en Caracas, Irán busca espacios de influencia en el hemisferio occidental.
“Existen pruebas de vínculos entre el régimen de Ortega en Nicaragua e Irán, incluyendo a grupos como Hezbolá, que datan al menos de 2007. Si bien esta relación no ha sido tan profunda como la establecida con el eje Chávez-Maduro en Venezuela, Nicaragua representa hoy una alternativa estratégica para Irán”, dijo Ellis.
Agregó que “ante la presión sobre Cuba y la crisis en Venezuela, el régimen de Ortega podría servir como plataforma para que Teherán busque ‘blancos blandos’ en el hemisferio occidental, especialmente en el marco de sus tensiones con Estados Unidos”.

El académico estadounidense añadió que la dinámica entre estos dos países no debe interpretarse únicamente en términos económicos o diplomáticos. En su análisis, la relación podría ofrecer a Teherán oportunidades para identificar vulnerabilidades y proyectar acciones directas en una región que históricamente ha sido considerada prioritaria para la seguridad de EE. UU.
Los expertos consultados coinciden que el vínculo entre Nicaragua e Irán no se define por lo que ambos países han construido sino por lo que habilita. En un entorno de baja supervisión y alta utilidad estratégica, el país centroamericano se ha consolidado como una plataforma silenciosa para la proyección iraní en el hemisferio.