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El liderazgo de las pandillas en Guatemala también se hereda 

Un informe del Ministerio de Gobernación, al que tuvo acceso Expediente Público, identifica casos en los que dirigentes pandilleros buscan que sus hijos ocupen posiciones dentro de las estructuras criminales, mientras el reclutamiento de menores persiste como una vía de incorporación.

El liderazgo de las pandillas en Guatemala también se hereda 

Durante años, el liderazgo dentro de las pandillas en Guatemala se conquistaba. Llegaba a quienes demostraban capacidad para ejercer violencia, controlar territorios, dirigir operaciones ilícitas y mantener autoridad sobre las “clicas”, como se conoce a las células o grupos locales de las pandillas. 

Ahora, según un informe del Ministerio de Gobernación (Mingob), al que tuvo acceso Expediente Público, esa lógica estaría comenzando a cambiar. El liderazgo ya no solo se conquista dentro de las estructuras criminales, sino que algunos dirigentes buscan transmitirlo a sus propios hijos. 

El documento oficial, denominado “Los nuevos liderazgos de las pandillas ahora son heredados”, identifica casos en los que hijos de pandilleros crecen en ambientes donde conocen desde pequeños las reglas, relaciones y códigos de estas estructuras. El objetivo, según el informe, sería favorecer la continuidad de las organizaciones entre generaciones familiares.

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Un cambio en la reorganización 

La diferencia en la transmisión de los liderazgos dentro de las pandillas es relevante. Ya no se trataría únicamente de incorporar nuevos integrantes para fortalecer las operaciones actuales, sino de preparar desde la infancia a quienes podrían asumir responsabilidades dentro de las organizaciones en el futuro. 

Rodolfo Contreras, criminólogo guatemalteco, considera que este cambio debe ser observado con atención porque la formación de menores dentro de estos entornos puede facilitar la continuidad de las estructuras. 

“Lo que preocupa a investigadores y autoridades es que el fenómeno parece estar entrando en una nueva etapa donde el liderazgo deja de ser una conquista interna para convertirse en una herencia familiar”, comentó. 

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Una infancia expuesta a la violencia 

Crecer en hogares con familiares vinculados a las pandillas puede tener consecuencias que van más allá de la posibilidad de incorporarse a estas organizaciones criminales. 

La psicóloga Ángela Pérez, quien ha trabajado junto a UNICEF, el Centro de Estudios Justicia y Sociedad (CJS) y la Dirección de Estudios Sociales de la Pontificia Universidad Católica en investigaciones relacionadas con violencia contra la niñez, explicó a Expediente Público que crecer en ambientes violentos puede afectar el desarrollo de los menores. 

“La violencia en la crianza tiene un profundo impacto en los niños, niñas y adolescentes. Los castigos físicos y psicológicos en los primeros años de vida dejan huellas en su desarrollo emocional, cognitivo y social”, indicó. 

La especialista señaló que uno de los problemas identificados en investigaciones sobre crianza es que muchos padres carecen de herramientas para establecer límites y acompañar adecuadamente el desarrollo de sus hijos. 

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En ambientes donde existe violencia, esta situación puede agravarse. 

Según Pérez, los menores pueden quedar expuestos a una combinación de permisividad, ausencia de límites y castigos violentos. Esto puede dificultar el desarrollo socioemocional y transmitir la idea de que la violencia es una forma válida de conseguir respeto o ejercer autoridad. 

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La exposición prolongada a ambientes violentos también puede generar estrés tóxico y afectar el desarrollo físico, cognitivo, emocional y social, explicó. 

Sin embargo, Pérez señaló que estos ciclos no son inevitables. 

“Existen mecanismos que pueden interrumpir la exposición al estrés tóxico y desarrollar resiliencia a partir de estrategias protectoras y promotoras del desarrollo”, afirmó. 

El contacto comienza desde la infancia 

El reclutamiento de menores continúa siendo una vía de incorporación a las pandillas en Guatemala, más allá de los casos en que los vínculos familiares pueden facilitar la continuidad de los liderazgos. 

Los inicios del reclutamiento ocurren mientras algunos menores comienzan a tener contacto con las pandillas desde los ocho o nueve años. El acercamiento puede producirse en espacios cotidianos como escuelas, calles, barrios y parques, así como mediante amistades con hijos de pandilleros o antiguos integrantes de estas estructuras. 

Según el informe, el proceso no necesariamente comienza con una incorporación formal a la pandilla. Puede iniciarse con relaciones cotidianas que permiten a los menores entrar en contacto con otros niños vinculados con las organizaciones y, posteriormente, con integrantes adultos.

Los espacios de reclutamiento 

El informe identifica cuatro ámbitos principales en los que puede producirse este acercamiento. 

El primero son las escuelas. Los hijos de pandilleros pueden establecer relaciones de amistad con otros estudiantes y, a partir de esos vínculos, acercarlos progresivamente a la estructura criminal. 

El segundo son las calles de los barrios donde existe presencia pandillera. La convivencia cotidiana facilita que los niños establezcan relaciones con hijos de integrantes de estas organizaciones y que esas amistades se conviertan en una vía de contacto con la estructura. 

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El tercer espacio son los parques de las colonias, especialmente aquellos donde los menores permanecen sin supervisión de adultos. Según el documento, estos lugares pueden ser utilizados por integrantes de las pandillas para acercarse a los niños. 

El cuarto grupo está constituido por los hijos de antiguos pandilleros. Cuando estas familias continúan viviendo en comunidades donde operan estructuras criminales, los integrantes activos pueden aprovechar esos vínculos para acercarse a los menores. 

La relación, según el informe, puede comenzar como una amistad o un contacto cotidiano y avanzar posteriormente hacia una mayor participación dentro de la organización. 

Tres décadas de presencia pandillera 

El fenómeno ocurre en un país donde el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha (MS-13) mantienen presencia desde hace más de tres décadas. 

Ambas organizaciones forman parte de un fenómeno regional que se expandió en Centroamérica durante las décadas de 1980 y 1990, en un contexto marcado por las guerras civiles, las deportaciones desde Estados Unidos, la pobreza, la exclusión y la violencia. 

Con el paso de los años, las pandillas dejaron de ser únicamente agrupaciones juveniles y desarrollaron estructuras con jerarquías, control territorial y participación en actividades criminales, entre ellas la extorsión. 

El cambio que describe ahora el informe del Mingob se produce dentro de esas mismas comunidades. Los niños no solamente conviven con las pandillas, sino que algunos pueden ser identificados desde edades tempranas como posibles integrantes futuros.

Las pandillas mantienen capacidad de reorganización 

En septiembre de 2026, la Policía Nacional Civil (PNC) estimó que existen entre 11.500 y 12.000 pandilleros activos en el país. 

Según el director de la institución, David Custodio Boteo, aproximadamente el 55 % pertenece al Barrio 18 y cerca del 40 % a la Mara Salvatrucha; el resto corresponde principalmente a White Fence, otra estructura pandillera de origen estadounidense que actualmente opera en el país. 

La cifra es inferior a una estimación de alrededor de 14.000 pandilleros activos que la PNC había manejado en 2025. Estos datos muestran que las estructuras mantienen una presencia significativa y que su capacidad de reorganización continúa siendo una preocupación para las autoridades. 

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“El problema ya no se limita a determinar cuántos pandilleros existen o cuántas capturas realizan las autoridades. La pregunta también es a qué edad comienza el acercamiento y en qué espacios ocurre”, comentó a Expediente Público el sociólogo Juan Medina, especialista en comportamiento de pandillas en Centroamérica. 

La PNC también ha señalado que las organizaciones pueden reorganizarse después de las capturas de sus integrantes. Jorge Aguilar, portavoz del Mingob, explicó a Expediente Público que los operativos deben complementarse con presencia policial y trabajo comunitario. 

“Los operativos de alto impacto son importantes, pero también mantener la presencia de la Policía o ese acercamiento comunitario”, señaló. La inteligencia, agregó, permite dar seguimiento a las estructuras después de las operaciones y determinar si intentan reorganizarse.

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El problema va más allá de la seguridad 

Para el sociólogo Juan Medina, el reclutamiento de menores no puede analizarse únicamente como un problema policial. 

“Un joven no termina en una pandilla simplemente porque sea malo o porque exista una especie de enfermedad en su alma o en su corazón”, explicó a Expediente Público. 

El especialista señaló que la mayoría de los jóvenes que viven en comunidades vulnerables no ingresan a las pandillas. Sin embargo, identificó factores que pueden aumentar la vulnerabilidad, como la pobreza, la exclusión, la falta de oportunidades, la fragmentación familiar y la exposición constante a la violencia. 

“Todo ese caldo de cultivo fomenta este complejo fenómeno”, sostuvo. 

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Para Medina, que algunos niños comiencen a tener contacto con las pandillas desde los ocho o nueve años demuestra que el fenómeno no puede enfrentarse únicamente mediante capturas. 

“La mano dura no puede terminar con el problema, aunque se encarcelen miles y miles de pandilleros”, agregó. 

La posibilidad de que un niño crezca en un ambiente donde la violencia, las jerarquías y las reglas de una pandilla forman parte de su vida cotidiana plantea un desafío que comienza mucho antes de una eventual captura.