* La 56.ª Asamblea General de la OEA terminó con una advertencia sobre las amenazas a las democracias de Centroamérica.
* Costa Rica elevó el tono al denunciar la presencia de tropas rusas y de grupos como Hamás y Hezbolá en Nicaragua.
* Varias organizaciones civiles nicaragüenses asistieron a la Asamblea General y mostraron cohesión en la oposición.
Expediente Público
La 56.ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) concluyó este jueves con una advertencia: las amenazas a la democracia ya no pueden separarse del crimen organizado, la injerencia extranjera y los riesgos para la estabilidad del continente.
Costa Rica elevó el tono al denunciar la presencia de tropas rusas y de grupos como Hamás y Hezbolá en Nicaragua.
Al final de la Asamblea General, los países miembros suscribieron la Declaración de Panamá, que marcó un cambio en el discurso político del organismo al colocar en un mismo plano la defensa del Estado de derecho, los derechos humanos y la seguridad hemisférica.
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Expertos consultados por Expediente Público consideran que el reto ahora será traducir las resoluciones en acciones concretas.
Si bien Nicaragua abandonó la OEA en 2023, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo volvió a ocupar el centro del debate regional. La presión diplomática se mantuvo y la situación del país fue uno de los temas que más consenso generó entre los Estados miembros.
Para María Fernanda Bozmoski, directora de Impacto y Operaciones para Centroamérica del Centro Adrienne Arsht del Atlantic Council, el principal resultado político de la Asamblea General fue la inclusión de los temas de seguridad en la discusión.
“Lo importante es que democracia, Estado de derecho, derechos humanos, crimen organizado, seguridad y estabilidad aparecen como un solo reto compartido y no como problemas separados”, explicó.
A su juicio, este nuevo enfoque tiene implicaciones más allá del propio organismo.
“Eso puede convertirse en una herramienta para que gobiernos como Estados Unidos justifiquen nuevas políticas hacia la región. Ya no se trata únicamente de denunciar violaciones a los derechos humanos, sino de entender que los regímenes autoritarios representan también riesgos para la seguridad regional”, señaló.

Ese cambio de narrativa se produjo mientras Centroamérica continúa enfrentando altos niveles de violencia, la expansión del crimen organizado, el debilitamiento institucional y las crecientes tensiones geopolíticas derivadas de la presencia e influencia de potencias como Rusia y China.
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Nicaragua: fuera de la OEA, pero en el centro del debate
Los Estados miembros aprobaron una resolución en la que reiteran su preocupación por el deterioro democrático en Nicaragua, exigen la liberación de los presos políticos y condenan las constantes violaciones de los derechos humanos.
“El régimen pensó que salir de la OEA le permitiría escapar del debate hemisférico, pero ocurrió exactamente lo contrario. Nicaragua estuvo en el centro de la agenda y los países siguieron pronunciándose con fuerza sobre lo que ocurre dentro del país”, afirmó Bozmoski.
Durante las sesiones plenarias, varios gobiernos insistieron en que la crisis nicaragüense dejó de ser un problema exclusivamente nacional y comenzó a tener consecuencias directas para toda Centroamérica.
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La preocupación ya no gira únicamente en torno a la persecución política o el cierre de espacios democráticos. También incluye los efectos migratorios, el impacto económico para la región, el fortalecimiento del crimen organizado y las implicaciones geopolíticas derivadas de las alianzas que Managua ha consolidado con Rusia, Irán y China.
Bozmoski considera que el caso nicaragüense demuestra por qué Centroamérica se ha convertido nuevamente en una prioridad para varios países del continente.
“Nicaragua está en el centro del istmo. Mientras continúe siendo un régimen autoritario, será muy difícil que Centroamérica alcance todo su potencial en comercio, inversión o integración regional”, indicó.
La analista recordó que cerca del 95% del comercio terrestre centroamericano atraviesa territorio nicaragüense, por lo que cualquier deterioro institucional termina afectando al resto de la región.

Costa Rica elevó el tono del debate
Uno de los discursos que mayor atención generó fue el del canciller costarricense, Manuel Tovar.
Además de denunciar el asesinato del opositor nicaragüense Roberto Samcam en territorio costarricense, el ministro expresó su preocupación por la presencia de tropas rusas en Nicaragua y alertó sobre información relacionada con la actuación de grupos como Hamás y Hezbolá en territorio nicaragüense.
Las declaraciones colocaron sobre la mesa un tema que hasta ahora había sido abordado con cautela dentro del sistema interamericano.
Aunque otros países no profundizaron públicamente en esas denuncias, el planteamiento abrió un debate sobre los riesgos de seguridad que podrían derivarse de la creciente cooperación militar entre Managua y Moscú, así como de la presencia de actores vinculados a Irán en la región.
Para Bozmoski, independientemente del país donde operen esos grupos, el problema trasciende las fronteras nacionales.
“La penetración de grupos terroristas o del crimen organizado transnacional no afecta solo a un país. Es un problema que concierne a todo el continente, desde Alaska hasta la Patagonia”, afirmó.
Añadió que, precisamente por esa razón, la Asamblea General insistió en la necesidad de fortalecer los mecanismos multilaterales de cooperación y evitar que las resoluciones queden únicamente como declaraciones políticas sin efectos prácticos.
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Debate sobre la seguridad regional
Aunque otros gobiernos evitaron pronunciarse de forma directa sobre las afirmaciones del canciller costarricense, su mensaje marcó un cambio de tono en la discusión regional al incorporar la seguridad como parte inseparable del debate democrático.
Para Carlos Murillo, director del Observatorio del Desarrollo de la Universidad de Costa Rica, la posición expresada por Tovar no surgió de manera improvisada. Según explicó, representa el retorno a una política exterior que Costa Rica mantuvo durante años frente al régimen de Daniel Ortega, pero que perdió protagonismo durante la administración anterior, la de Rodrigo Chaves.
“Lo que estamos viendo es un regreso a la política exterior histórica de Costa Rica hacia Nicaragua. El canciller retoma la preocupación por la legitimidad del régimen, por las violaciones a los derechos humanos y por la presencia de tropas rusas, elementos que anteriormente habían quedado relegados”, explicó Murillo.
También recordó que la preocupación costarricense por la presencia militar rusa en Nicaragua no es nueva. Ya había sido planteada años atrás, al igual que la creciente presencia diplomática de Irán en Managua.

El riesgo regional de Daniel Ortega
Los especialistas coinciden en que el debate ya no se limita al escenario interno nicaragüense. La preocupación radica en que cualquier incremento de la inestabilidad podría repercutir sobre el resto del istmo centroamericano.
A juicio de Bozmoski, Estados Unidos también parece comprender cada vez más esa relación.
“Tienen claro que muchos de los problemas que enfrentan los países centroamericanos terminan llegando a sus propias fronteras. Por eso existe un mayor interés en cooperar en inteligencia, seguridad y fortalecimiento institucional”, afirmó.
Murillo coincide en que Centroamérica enfrenta un escenario más complejo que hace algunos años.
“La frontera entre Costa Rica y Nicaragua es extremadamente porosa. Todos los días cruzan estudiantes, comerciantes y trabajadores. Pero esa misma facilidad también puede ser aprovechada por estructuras del crimen organizado y otros actores irregulares”, afirmó.
El académico añadió que la minería ilegal, el contrabando y otras actividades ilícitas ya representan desafíos constantes para ambos países.
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“El problema no son las comunidades fronterizas; el problema es la ausencia de controles efectivos y la utilización de esos espacios por organizaciones criminales.”
Una advertencia con implicaciones geopolíticas
Murillo considera que la presencia militar de Rusia en Nicaragua debe analizarse desde una perspectiva geopolítica.
“Si algún día ocurriera un conflicto internacional de mayor escala, el Canal de Panamá sería un objetivo estratégico. Desde esa lógica geopolítica, la presencia militar rusa en Nicaragua adquiere otra dimensión”, aseveró.
El investigador aclaró que ese escenario forma parte de un análisis prospectivo y no implica que exista evidencia de un conflicto inminente.
Lo que sí considera un hecho es que Centroamérica ha dejado de ser únicamente un espacio de disputa política interna para convertirse nuevamente en un territorio de interés para distintas potencias.
En ese contexto también adquieren relevancia las crecientes relaciones entre Nicaragua, Rusia, China e Irán.
Un exdiplomático nicaragüense consultado para este reportaje señaló que las alianzas del régimen sandinista con esos países responden a una estrategia que viene desarrollándose desde hace varias décadas.

“Las relaciones del sandinismo con actores como Rusia e Irán no son nuevas. Han existido desde hace mucho tiempo y forman parte de la política internacional del régimen”, aseguró.
A su juicio, eso explica por qué varios gobiernos observan con preocupación el fortalecimiento de esos vínculos.
De la Declaración a la acción
Si bien la Declaración de Panamá condenó la situación de Nicaragua, para Bozmoski, el verdadero desafío comienza ahora.
“La declaración es importante, pero no basta. El Consejo Permanente debería establecer mecanismos periódicos de seguimiento para que Nicaragua no desaparezca nuevamente de la agenda internacional.”
La especialista considera que la Declaración podría convertirse en una herramienta para impulsar nuevas medidas desde otros espacios internacionales.
Entre ellas, mencionó un mayor escrutinio sobre las sanciones existentes, revisiones a sectores estratégicos de la economía nicaragüense, protección para los exiliados y un fortalecimiento de la cooperación regional en materia de seguridad.
“No podemos quedarnos únicamente en comunicados. Si realmente se considera que los regímenes autoritarios representan una amenaza para la seguridad hemisférica, entonces los gobiernos tendrán que actuar en consecuencia”, afirmó.
La participación de la sociedad civil
Mientras los cancilleres debatían dentro del centro de convenciones, decenas de organizaciones de la sociedad civil aprovecharon la Asamblea General para desarrollar foros, reuniones y actividades paralelas.
El exdiplomático nicaragüense consultado destacó que la participación de organizaciones nicaragüenses fue una de las características más importantes del encuentro.
“Fue impresionante ver el esfuerzo de tantos nicaragüenses que viajaron por sus propios medios para participar. Muchos pagaron sus boletos, compartieron hospedajes y organizaron actividades sin apoyo oficial”, afirmó.
Según explicó, ese esfuerzo permitió presentar una imagen de unidad poco habitual entre los distintos sectores de la oposición.
“Hubo plataformas distintas trabajando juntas, organizando eventos y presentando mensajes comunes. Esa coordinación también envía una señal importante a la comunidad internacional”, agregó el exdiplomático.
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Haití: otra ausencia en la Asamblea General
La crisis en Haití también estuvo presente en las intervenciones del nuevo secretario general de la OEA, Albert Ramdin, quien planteó la necesidad de fortalecer el acompañamiento del organismo para contribuir a la estabilización del país.
Sin embargo, varios analistas consideran que el tema no recibió la atención que amerita.
Bozmoski señaló que, pese a los anuncios de cooperación internacional y al respaldo expresado por algunos países, la Asamblea General concluyó sin un documento específico sobre Haití, una ausencia que evidencia las dificultades para construir consensos frente a una de las crisis más profundas del continente.
“Había expectativas de una resolución mucho más robusta. Canadá anunció recursos para apoyar los esfuerzos de estabilización, pero el tema terminó ocupando un espacio menor frente a otras discusiones”, explicó.
Para la analista, esto demuestra que la agenda hemisférica continúa marcada por las urgencias políticas de cada momento, lo que provoca que algunas crisis pierdan visibilidad, aunque sigan agravándose.
Centroamérica requiere un plan regional
Los especialistas consultados coinciden en que la región enfrenta un momento decisivo.
Por un lado, persisten los desafíos relacionados con el debilitamiento institucional, la corrupción y el avance del crimen organizado. Por otro, aumenta la competencia geopolítica entre potencias como Estados Unidos, Rusia y China, mientras Centroamérica se convierte nuevamente en un territorio estratégico.
Carlos Murillo considera que esta realidad obliga a los gobiernos centroamericanos a actuar de manera coordinada.
“El desafío no puede enfrentarse país por país. Tiene que existir una estrategia regional que combine seguridad, política exterior y fortalecimiento democrático”, afirmó.
En ese escenario, el investigador considera que el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) debería asumir un papel más activo, complementando el trabajo de la OEA.
También plantea que Guatemala podría desempeñar un papel relevante. A juicio del académico, el presidente Bernardo Arévalo tiene la oportunidad de impulsar un mayor diálogo regional en un momento en que las relaciones entre varios mandatarios centroamericanos atraviesan una etapa de distanciamiento.
“Guatemala podría ejercer un liderazgo importante porque hoy existe un vacío político en la región. Se necesita alguien que vuelva a sentar a los países centroamericanos en una misma mesa”, concluyó.